
Todos los domingos, en cuanto me quedo sola, tiene lugar la guerra sin fin. Y aunque siempre somos las mismas tres a pelear, cada noche es diferente y nunca sabes quién ganará la batalla.
Empiezo a notar el cambio en cuanto baja el telón, anunciando el fin de una semana de trabajo. Al desvestirme, quitándome la peluca, es como si con ella arrancaran un trozo de piel, dejando al descubierto una puerta por la escapan mis sombras. Tengo dos Sombras, es por eso que existe la guerra sin fin de los domingos, para disputar el poder de quién reinará más allá de los muros la próxima semana. Y son mis sombras tan poderosas, que casi me arrastran tras sus deseos, llevándome de un lado a otro sin tener en cuenta mis obligaciones.
Este juego dura ya desde hace tanto tiempo que, un dia, cansada de dirijirme a ellas por Sombras, les puse un nombre para distinguirlas. Así, una se llama Auliya, y la otra Rosaline. Seria fácil si ocurriera como en los cuentos, donde una de ellas fuera malvada y despiadada, y la otra en cambio resultara ser amable y bondadosa. Pero no, Auliya y Rosaline intercambian sus estados de ánimo, buscan confundirme confabulándose con acciones absurdas y ataques repentinos que ponen en peligro mi victoria semanal.
(...)

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Veo mi cara reflejarse en la lámina del cuchillo. Sí, la voy a matar. Hace tiempo reflexioné y es la única solución. Ella me enloquece, ha conseguido meterse en mi cabeza. No puedo esperar. La única solución es matarla, todo es su culpa, voy a hacerle pagar.
No hago ruido, atravieso la puerta, la veo, está ahí, dormida en su camisón sobre las sábanas blancas, su cara apacible y su respiración regular. Me aproximo y lanzo mi cuchillo en su estómago y le corto las muñecas. Su cara está blanca, sus ojos negros.
Despierta, trata de llorar pero no lo consigue. Ella me lanza una mirada temerosa. Veo en sus ojos su miedo a morir, su deseo de ser perdonada y su dolor. Ella intenta luchar pero en vano se queda inmóvil en su dolor, la sangre cubre poco a poco las sábanas tan blancas.
Pronto, tengo que huir. Me siento mal, mi corazón late rápido. Mi cabeza da vueltas. Tengo que correr, huir. Hice mal en mirar. Después me percato de la sangre en mis muñecas, la sangre corre. Estoy de pie o extendida, ya no lo sé. Sangro, mis sábanas están cubiertas de sangre. Es todo. Ella está muerta, ya ha pagado. Estoy aliviada a pesar de mi sufrimiento. Y en este pensamiento todo se vuelve negro.
Cuando la policía encuentre este cuerpo sobre su cama de sábanas blancas, sus muñecas cortadas y el vientre abierto, el cuchillo en sus manos, los ojos cerrados. Se creerá un simple suicidio y nadie sabrá nunca que había dos personas encerradas en el mismo cuerpo, dos seres enfrentándose en una lucha que los habrá matado a los dos. Llamamos a eso La Locura, pero diremos que era otro mundo: El mundo de su espíritu.
Te leí por primera vez hace más o menos un mes en la revista Mil Veus. Ahora te he buscado por la red y me encanta tu espacio cibernáutico.
Me llamo Elia y es un placer haberte encontrado. Seguiré leyéndote.
:)
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